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El Adviento

Autor: Luis Carlos González - Categoría: General - 7 min.

La iglesia constantemente ha presentado la vivencia de la fe como una peregrinación. Por su misma dinámica, nuestra vida de fe consiste en eso: un eterno peregrinar; en encuentros y desencuentros, en seguridad e incertidumbre, luz y oscuridad. Cualquiera que haya decidido emprender el viaje de la fe podría constatar este hecho. Por esto, la imagen del pueblo de Israel en su camino por el desierto es la que ha sido usada generalmente como paralelo de la vida de fe a la que todos nos enfrentamos.

Sabemos que, al final, la fe del pueblo de Dios salió fortalecida por esta prueba. Pero que no fue sin antes haberse enfrentado a todo tipo de vacilaciones; periodos de sumisión y rebeldía, de cercanía y olvido, de adoración y protesta. El tiempo de adviento, personalmente, ha representado un periodo de prueba en mi vida; en resumen, por haber tardado tanto tiempo en entender su verdadero propósito.

Sabemos ya, probablemente, que la palabra adviento proviene del latín “adventus”, que significa “venida”. Y es el tiempo en el cual la Iglesia se prepara para la venida del Salvador. Podría decirse que esta preparación la deberíamos considerar en 3 dimensiones. La primera, que es el motivo de esta gran fiesta: para el nacimiento de Cristo en Belén, la segunda: para la venida de Cristo y su Reino a nuestros corazones día a día, y tercera: para la parusía (segunda venida del Señor).  

Como muchos, mi camino en la fe inició con un encuentro de los que llaman “de ojos vivos y corazón abierto” con el Señor, que se fue dando a través de varias misiones y retiros. El Señor en poco tiempo fue dando su luz a mi vida; trayendo sanación, propósito y sentido. Con esto (la novedad del evangelio, de un Dios vivo y personal), el llamado a una vida de apostolado se hizo claro y fundamental en mi vida.

Es fácil, hoy que volteo hacia atrás, darme cuenta de que, al cabo de poco tiempo, por diversas causas que tomaría demasiado tiempo mencionar, el apostolado se volvió el centro de mi espiritualidad. No la oración, ni el trato con el Señor en el santísimo o la eucaristía, sino el apostolado. Evidentemente no hay nada de malo en vivir una vida de apostolado intenso, ¡a eso somos llamados! pero si lo hay cuando por servir al Señor nos olvidamos del Señor. Esto no es novedad. Dios nos llama a ir, como dice Ignacio Larrañaga: “de lo Único a lo múltiple y no de lo múltiple a lo Único”. Pues cuando se hace lo segundo, Aquél que es el Único comienza a ser cada vez más una realidad confusa y difícil de acoger, mientras que lo múltiple comienza a retener, envolver y encerrar.

Pienso en todo esto ahora porque la época en que los síntomas de una espiritualidad desequilibrada tomaban fuerza solía ser el adviento y la navidad. El apostolado cesaba, pues salíamos de vacaciones, y el “verdadero” adviento para mí consistía únicamente de una serie de tradiciones que poco ayudaban a su verdadero propósito; poner el pino, decorar la casa, organizar las posadas, participar en los intercambios, ver una serie de películas clásicas: Santa Clausula, Mi Pobre Angelito o El Grinch y todo está listo.

Nada de malo tiene todo eso y sin embargo llegaba la noche de navidad y me encontraba a mí mismo diciéndole al Señor -en verdad necesito que nazcas de nuevo porque en este último mes he sentido que te he perdido. No sé cómo, cuándo o por qué, pero te siento lejos-. Así, en diciembre llegaba el frío espiritual. En enero retomábamos actividades y todo poco a poco volvía a la normalidad; pero siempre quedaba la pregunta… ¿por qué en una de las fiestas más alegres del cristiano suelo sentirme tan distante?

Adviento es tiempo de preparación.

“Una voz grita: Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la llanura una senda para nuestro Dios. Que se eleven todos los valles y las montañas y colinas se abajen; que los barrancos se transformen en llanuras y los cerros en planicies. Entonces se manifestará la gloria del Señor.” Is 40,3-5

Para nosotros en Monterrey las montañas suelen ser algo hermoso, pero para el que peregrina, las montañas representan grandes obstáculos en el camino. Terreno que por muy elevado retrasa el andar. “Que las montañas y colinas se abajen y los cerros se conviertan en planicies”. Sería bueno si en adviento nos preguntáramos ¿Qué cosas necesitan disminuir, qué hábitos o pasatiempos necesitan decrecer o “abajarse” para dar lugar a que la gloria del Señor se manifieste en mi vida?... Tal vez si pasara menos tiempo en lo superficial de esta navidad y dedicara sólo un poco más de mi tiempo a mis propósitos espirituales. ¿Qué si un poco de sacrificio el día de hoy pudiera hacer que el día de mañana las campanas suenen más fuerte y mi corazón se encuentre más lleno?

Para el que peregrina, los valles y barrancos son terrenos que, por su falta de altura, hacen que seguir por el camino se vuelva cada vez más dificultoso, algunas veces imposible.  “Que se eleven todos los valles…Que los barrancos se transformen en llanuras”. Sería bueno también, si en adviento me preguntara ¿Qué cosas necesitan aumentar o empezar a formar parte de mi vida para poder seguir por el camino y que la gloria del Señor se manifieste? Tal vez el tiempo de oración, la frecuencia con la que recibo los sacramentos, el examen de consciencia, la sana convivencia con mis amigos… Tal vez si pusiera más atención a todas estas cosas, no sólo agregaría algo nuevo a mi itinerario, sino que daría un nuevo sentido a todo lo demás. ¿Qué si este adviento me decidiera a ir primero al Único… y después a lo múltiple de la navidad?

Al final, adviento puede ser un buen tiempo de diagnóstico y de renovación de mi relación con Cristo y su Iglesia, un tiempo para buscar perseverar en la oración y actos de misericordia. No solo un tiempo de vacación.  El gran paso es darnos cuenta de que es en la medida en que nuestro adviento se convierta en una verdadera preparación para la venida de Cristo (y no nos quedemos solamente en lo superficial de la fiesta), podremos también experimentar y disfrutar de una renovada venida de Nuestro Señor a nuestro corazón. Especialmente, si en esta época tu rutina se pierde, recuerda que en la vida espiritual no hay vacaciones, porque, así como uno no deja de ingerir lo esencial para la vida del cuerpo, así tampoco debemos dejar lo esencial para la vida del alma.

Estas vacaciones ¡aprovecha el tiempo a tu favor! Disfruta de todo momento diciendo primero Todo por ti, Jesús, y así también podrás decir con verdadero gozo la noche de Navidad: ¡Aleluya! ¡me ha nacido un Salvador!

TXTJ

Publicado: 19/12/2018


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Luis Carlos González


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