Hablemos de amor... o mejor dicho de lo que no es.

Hablar del amor es casi tan cliché como la costumbre
moderna de confundirlo
Todos hemos visto o escuchado canciones, poemas y hasta
cartas de amor. Todos hemos visto los estragos de lo que muchas veces, incluso
lo más grandes, han confundido con amor. Reyes que se han dejado llevar por
sus pasiones, presidentes por sus caprichos, poetas por su obsesión, músicos
por su enamoramiento. Pero, ¿realmente cuántos hemos visto que se dejen llevar
por el amor verdadero? Sí hay unos cuantos, y por lo general los llamamos
santos.
Santos que se han ido a tierras lejanas, santos que se
han mantenido en claustros, santos que han ido a las calles y otros a su
interior, santos desde su vocación, en familia o en comunidad, pero todos con
la misma dirección, el amor de Dios, que siendo sinceros es lo mismo (“Dios es amor”, 1 Juan 4, 8).
Entonces, yo no pudiendo explicar qué es el amor, sólo
puedo interpretar lo que el amor mismo, Jesús, dijo que era. Misericordia,
caridad, paciencia, bondad, entrega, acción, oración, voluntad, obediencia,
empatía, silencio, respeto, humildad.
Y aunque a
lo mejor después en otro texto pueda ahondar más en ello, por mientras, para
esta fecha, les diré lo que no es el amor, al menos desde la teología
católica con algo de apoyo de la psicología.
Hace no
mucho fui a una conferencia, y el autor decía que estuvo enamorado de su
pareja por ocho años, sin embargo un día de la nada, en medio de reclamos de
ausencia y distancia por la otra parte, se dio cuenta que ya no la amaba, y
desde hace tiempo.
Él
explicaba que cuando lo vio, lo quiso probar. Se fascinó con las texturas de
su personalidad, con los sabores de su esencia, de su actuar, con el color de
su carácter.
El
conferencista haría referencia que el amor sería como su amor al pastel.
Amaba el
pastel de chocolate, y lo podía comer por años, incluso en piezas enteras,
pastel por pastel, hasta que un día, por tanto gusto, se empalago, se canso.
El sabor perdió lo especial en cada bocado. Cada día, sin darse cuenta,
disfrutaba menos su hermoso pastel. Finalmente, se fue, cambio a cheesecake, y aunque de vez en cuando extrañaba el sabor, el tiempo gozado,
no quisiera volver a probar el chocolate, de lo harto que quedó. Se avorazó y
tarde que temprano, como objeto, cambio su pastel, como cambiaría a su pareja
ocho años después.
El autor
defendía que lo suyo sí era amor, porque no debería seguir comiendo un
pastel que con el tiempo más que gusto, empezó a darle disgusto y hasta asco,
no podía más.
Decía que
era amor porque era reconocer el valor del pastel, agradecerle lo vivido, su
sabor, su tiempo. Y que era tiempo de continuar, que al pastel le tocaba estar
con alguien que lo pudiera disfrutar, alguien nuevo, y que a él le tocaba
probar nuevos sabores, nuevos pasteles, como el cheesecake. Eso era amor para él, y cuantos caemos en nuestra juventud en
este falso amor, que no es más que un enamoramiento.
El autor se
enamoró del sabor, de la textura, del color, pero realmente nunca pudo amar a
su pareja, a su pastel. El enamoramiento cambia, se va, se esfuma, no resiste
porque vive de la novedad, del placer, de la percepción que le damos, de la
ilusión que le ponemos. El enamoramiento vive tanto como la burbuja del altar
que le ponemos a la realidad, una vez que la realidad nos pega, por más que la
neguemos, se va, y con ella ese “amor”.
Sin afán
de explicar todavía que es el amor, podría decirles cómo sería la verdadera
historia de un hombre que ama su pastel.
Un hombre
que amara su pastel no lo comería hasta saciarse, si bien disfruta de su
sabor, no se sirve de él, del otro. Lo hace crecer. Un hombre que amara su
pastel, probaría la receta, trataría de mejorarla, respetando la esencia del
pastel, y no sólo por gusto personal. Buscaría los mejores ingredientes,
tendría cuidado en su cocción, en el horno, en la bandeja, en el decoró, en
todo. Respeta sus tiempos, sus formas, su esencia.
Lo
trataría con delicadeza, con ternura, con amor.
Lo comería
con cuidado, disfrutando cada bocado, disfrutaría de su sabor, con paz. El que
ama el pastel lo presumiría, se alegraría de la dicha que ese pastel, que esa
receta, existe. Lo admira por sus cualidades. Le diría al mundo lo que es, no
lo dejaría sólo para sí, no sólo buscaría comprarlo, buscaría siempre ser
parte del proceso, acompañarlo.
El que ama
su pastel lo comparte con otros para que entable amistades que también lo
amen, que también le den la alegría de compartir un momento. El que ama su
pastel no se harta, lo come con tal ritmo que podría comerlo siempre, toda la
vida. Su amor no desaparece.
Quedando
claro que el enamoramiento, aunque bonito y necesario que vaya y venga, no es
amor, vamos ahora con el cariño, con el querer, con el deseo.
Si bien
todo amor, implica algo de deseo, el deseo solo no es amor. El deseo es bueno
porque deseo verte, deseo que seas feliz, deseo ser parte de tu vida, deseo
ayudarte, deseo que llegues al cielo. Así como Dios nos ama, Dios nos desea.
Entonces,
¿qué tiene de malo?
Tiene de
malo cuando el deseo es puro, o puro deseo, sin nada de amor. Un mero capricho,
un querer infantil. Te quiero para mí. Te quiero aquí. Te quiero por lo que
me das, no por lo que eres y mucho menos por lo que te puedo dar. Te quiero
porque me haces bien, no porque te haga bien. Te quiero, te quiero, en otras
palabras, te deseo.
Como niño
a un juguete, como un perro a su hueso, como un enamorado a su objeto
(“sujeto”).
Siguiendo
la lírica de este texto, continuaré explicando en forma de ejemplo, este otro
caso, ahora con un ejemplo prestado y muy típico, pero bello, la flor.
Aquel caminante que el transcurso de su día se encuentra una flor, y sólo la quiere, la desea, la corta. Y contrario a lo que se cree, no tiene que ser un arrancar violento, a la fuerza. Puede ser un arrancar tan suave que parezca mutuo. El caminante puede llevar a la flor con cuidado, del viento, de la fuerza. Cuida los pétalos, el tallo, la quiere, pero la quiere bien, no deshecha ni en las malas. La quiere para sí. Se la puede poner de adorno, o cortarla para llevarla, e incluso, solo para oler su perfume. Al final de cuentas el sentido es el mismo, usar a la flor, sacarle provecho, placer. Cumplir el capricho.
Es tal su
deseo aunque esté en un lugar muy alto y riesgoso, se sube, con tal de
tenerla, de hacerse de ella, incluso aunque se caiga o se haga daño. Una cosa
es subirse por servir, y otra por obtener. Quiere la flor, esta encaprichado.
Poniendo en
contraste esta historia, está el otro caminante. El que ama esa flor en el
risco. Que la aprecia, que cada vez que se acerca, se alegra que ya mero le
tocará ver a su flor de nuevo. No la corta, deja que todos la vean brillar
ahí, en medio de todo. Que la aprecian, no es ni avaro ni egoísta con ella. Y
es más, la ama tanto, que no le impone nada, la deja en libertad. Si ella
quiere crecer ahí, ahí la dejará. Aún creyendo que a lo mejor en un
jardín, o en una maceta, le sería más fácil la vida. Respeta el derecho de
la flor de florecer donde ella quiere. La aprecia de lejos, la ama en silencio,
en oración. Reza para que las tormentas, sólo la hagan más fuerte, para que
los animales no la lastimen, para que el risco la nutra.
Reza para
que Dios le de vida, y que su vida de frutos, alegrías. El caminante que ama
la flor, la cuida, pero le ofrece la ayuda, no se la impone. El que ama la flor
la admira, la aprecia, la deja crecer. Y si la flor lo necesita, y quiere, le
da agua, sube hasta donde esta ella, se sacrifica, le sirve, como amigo, como
amante, como enamorado. La desea, pero con amor. Más que en capricho, esta
en-amor-ado. Viviendo en amor. Más que obsesión por la flor, es amor por su
bienestar, por su cielo.
Y aunque hay
mil cosas más que podemos confundir con amor, sólo les pondría por hoy, un
ejemplo más. El amor propio, al menos, el amor propio moderno, lleno de
liquidez, de egoísmo, egocentrismo, más no me malinterpreten, el amor propio
es bueno, necesario y real, pero es muchas veces más, mal entendido.
Muchas
veces creemos que el amor propio es como el sistema solar, donde el sol somos
nosotros, y los demás los planetas, sólo teniendo que girar a nuestro
alrededor forzados por la fuerza de nuestro ego, sino también afectados por
nuestras acciones en cada momento. Viviendo entre asteroides y lunas, pero
siempre abrazados por nuestra fuerza de “amor” propio.
El
verdadero amor propio es más una fuerza coercitiva, cooperadora, que trata,
entiende y equilibra toda relación, al otro, al prójimo, desde Cristo para
Cristo por Cristo. El amor propio como del pastelero que se alegra de su
pastel, como del caminante que cuida de su flor.
En palabras del propio Jesús, el amor propio sería amar al otro, como nos amamos a nosotros y amarnos a nosotros como Él nos ama, con cuidado, con caridad, con paciencia, con bondad, con enseñanza, con libertad, con respeto, con confianza, con amistad, con apertura, con diálogo, con cercanía, con tiempo, con entrega, con valentía, así como Jesús amó a su apóstoles. ( “Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros; como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros”.Juan 13, 34)
Más que
conclusión en esta ocasión les dejo una reflexión, una invitación.
Reflexiona
tus afectos y si no es amor, no es tarde. Nunca es tarde. Si quieres, ponle
amor; si deseas, hazlo con amor; si te encaprichas, aprecia con amor; si te
enamoras, ama también después.
Amar es ser
fan de Dios ¡y como no serlo!
Mi
invitación para este mes, y para este día de lo enamorados, sería
exactamente eso. Que vivan en enamorados, en el sentido real de la palabra.
¡Vivan en
amor (ados)! En amor por el otro, por ti, por Dios, por tu vida y por tus
días.
Y ¿cómo es
vivir en amor?
Pablo nos dejó
una carta de amor. Se las dejo traducida e interpretada al contexto moderno.
Seguramente
ya lo hemos visto o leído, sólo nos falta tratar de vivirlo, como Jesús, en
todo momento (y cada día mejor).
El amor es paciente, bondadoso,
sacrificado.
es servicial y no tiene envidia de lo bueno del otro, no hace alarde de lo que
da o es.
Es humilde, entregado, silencioso.
Evita hacer el mal, lastimar, engañar y ser egoísta, no busca lo propio,
busca el bien del otro.
Entiende al otro, es empático, no toma nada personal, se irrita lo menos
posible porque intenta comprender.
Busca ayudar, equilibrar, ser medio de apoyo, no se alegra de la injusticia, le
duele el dolor del otro.
Se alegra con la verdad, con lo bueno que le pasa al otro, con lo justo.
El amor acompaña todo mal, está en las malas, en la enfermedad. El amor todo
lo cree posible, todo es para bien y que todo saldrá, tiene esperanza, lucha
siempre. El amor todo lo soporta, deja en libertad, respeta, deja crecer
decidir, no se rinde, no se cansa, y si lo hace, sobrevive, se recupera, crece.
Se da, se entrega, sin depender del otro. Es puro. Es servicio. Nunca se apaga
por completo y no depende de la situación, el sentimiento o la persona. El
amor no pasa jamás y jamás deja de ser. La distancia las soporta, las heridas
las perdona y siempre es lo que es, amor. Una vez que existe, nunca deja de
existir.
(1 corintios 13, 4-8)
T X T J